Uno de los sistemas productivos rurales que más se ha visto afectado por los efectos del cambio climático es la apicultura. El aumento de la temperatura, junto con la intensificación de los periodos de sequía y una mayor incidencia de tormentas y ciclones, afecta sustancialmente a los pequeños productores apícolas, que han padecido la pérdida de colmenas y una baja de más del 60 por ciento en la producción de miel.
Además del cambio climático, la apicultura se ha visto seriamente impactada por la deforestación, la degradación de los ecosistemas y el uso intensivo de agroquímicos y plaguicidas altamente tóxicos, que han provocado la muerte masiva de abejas y, en la mayoría de los casos, los apicultores no han recibido ningún tipo de indemnización.
La apicultura, además de ser una fuente de ingresos para miles de familias campesinas, contribuye a la conservación de los bosques y selvas y es crucial para la polinización de los cultivos. Los apicultores de las regiones boscosas trabajan en la reforestación y mantenimiento de los bosques, realizan podas, aclareos, brechas cortafuego y participan la prevención y combate de incendios.
A pesar de todos los beneficios socioambientales que proporciona la actividad apícola, la muerte de abejas y los precios bajos de la miel tienen en jaque. Muchos apicultores han decidido abandonar la actividad tanto por la baja productividad propiciada por el cambio climático, como por los bajos precios de la miel.
La entrada al país de miel de dudosa calidad y a precios bajos, así como la falta de mercados que reconozcan tanto la calidad de la miel orgánica que se produce en México como el arduo trabajo de los apicultores, ha orillado a muchos productores a buscar otras alternativas productivas.
Pro si fuera poco, el uso intensivo de agroquímicos y pesticidas altamente tóxicos han provocado la muerte masiva de abejas en distintas regiones del país y en la mayoría de los casos los apicultores no reciben ningún tipo de compensación por el envenenamiento de sus colmenas. Cuando esto ocurre, las familias apicultoras pierden su medio de vida de un día para otro.
En el marco del Día Mundial de la Abejas, el proyecto SAbERES, que acompaña a pequeños productores rurales de 10 estados de la república en la implementación de medidas de Adaptación basada en Ecosistemas (AbE) para hacer más resilientes al cambio climático sus sistemas productivos, entre ellos a cientos de productores apícolas de Campeche, Chiapas, Tabasco, Oaxaca y Puebla, llama a fortalecer las políticas de adaptación de la apicultura al nuevo escenario climático. De no hacerlo, cada vez más apicultores se verán obligados a abandonar esta imprescindible actividad productiva que genera servicios ambientales de los cuales nos beneficiamos todos.
Aunque en septiembre de 2025 se dio un paso muy importante con la prohibición de 35 plaguicidas en México, aun hace falta prohibir muchos otros compuestos que se siguen utilizando en el país y que están prohibidos en muchos otros países.
De hecho, en su más reciente visita a México, el relator especial de Naciones Unidas sobre Tóxicos y Derechos Humanos, Marcos Orellana, recomendó que el Estado mexicano elabore una Ley General sobre Plaguicidas, para fortalecer el marco regulatorio sobre el uso de estas sustancias que han provocado la muerte masiva de polinizadores y causando enfermedades severas entre los productores campesinos.
Por otra parte, en los últimos cinco años se deforestaron más de 1.1 millones de hectáreas de bosques y selvas en el país, es decir más de 200 mil hectáreas por año. La deforestación impacta directamente en la producción apícola, ya que se pierde hábitat para las abejas, sus fuentes de alimentación o pecoreo y se reduce la capacidad de los ecosistemas para la retención de agua.
En muchas regiones del país, los apicultores ya comenzaron a implementar medidas de adaptación al cambio climático, como la reforestación de zonas degradadas con especies resistentes a la sequía y que dan floración durante todo el año; la renovación de abejas reinas adaptadas al clima y ecosistema y también implementan sistemas de captación de agua de lluvia para abastecer a sus colmenas y a la demás fauna.
Sin embargo, estas prácticas de adaptación, que tienen efectividad probada, requieren de inversión para su implementación y, generalmente, los pequeños productores rurales no tienen acceso a esas fuentes de financiamiento.
Es fundamental que las autoridades de los distintos órdenes de gobierno pongan en marcha políticas, apoyos y esquemas de financiamiento para fortalecer las capacidades de adaptación al cambio climático de los pequeños productores rurales, como las familias apiculturas.
Se requiere de una estrategia robusta y coordinada para poder escalar la adaptación basada en ecosistemas a nivel nacional. México carece de una política nacional de adaptación climática y es urgente su construcción, misma que debe poner en el centro a los pequeños productores rurales, que son quienes generan más del 60% de los alimentos que consumimos.
