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Resistir al Populismo Autoritario en América Latina

Por: Benjamín González Roaro. En las últimas dos décadas, América Latina ha sido testigo de un fenómeno tan sutil como devastador: la erosión paulatina de la democracia desde dentro.

Lejos de golpes militares o dictaduras explícitas, hoy asistimos a procesos de desdemocratización protagonizados por gobiernos elegidos en las urnas, pero que al llegar al poder concentran atribuciones, debilitan contrapesos y persiguen a voces críticas en nombre de “la voluntad del pueblo”.

Este giro autoritario envuelto en ropajes populistas no es exclusivo de un país, pero encuentra en México un caso paradigmático. Bajo la promesa de transformar el régimen y acabar con la corrupción, la auto llamada cuarta transformación ha centralizado funciones, desacreditado a instituciones autónomas y polarizado al país.

La raíz del problema no está solo en la manipulación del poder, sino en un sistema político que ha fallado en representar y servir a sus ciudadanos. Durante años, partidos tradicionales, gobiernos y élites económicas desatendieron las demandas sociales básicas. La transición mexicana del año 2000 prometía una democracia funcional, pero los problemas añejos no se atendieron con prontitud y la desigualdad persistió, alimentando un profundo desencanto.

En ese vacío de credibilidad, emergió un discurso que identifica al pueblo con el bien absoluto y a las instituciones con la traición o el privilegio. Bajo esta lógica, la figura del líder carismático se presenta como el único capaz de interpretar el interés general, reduciendo el pluralismo a una amenaza.

Las redes sociales han amplificado este fenómeno. Plataformas como Facebook, TikTok, X y YouTube se han convertido en campos de batalla donde los algoritmos premian el escándalo, las teorías conspirativas y la división. La deliberación pública se transforma en guerra de narrativas, y la crítica se vuelve sinónimo de traición.

En México, las conferencias matutinas no son solo actos de información, sino de control simbólico. Se marca a enemigos, se desacredita a jueces, académicos o periodistas, y se establece un marco mental donde solo hay dos bandos: “el pueblo” y sus enemigos. La censura no solo es legal creando expedientes y sanciones fiscales, sino también se ejerce mediante linchamientos digitales y desprestigio sistemático.
Sería un error pensar que el populismo autoritario surge de la nada. Es respuesta a un sistema que excluyó durante décadas. La pobreza, la falta de acceso a justicia, salud o educación, y la violencia crónica en muchas zonas de América Latina, han generado un resentimiento profundo hacia las élites.

Lo grave es que, en vez de canalizar ese malestar hacia una reforma institucional sostenible, el populismo ofrece atajos emocionales: promesas imposibles, enemigos internos, y líderes fuertes que “deciden por todos”. Así, en nombre del pueblo, se arrasa con la independencia judicial, se militariza la seguridad, se eliminan contrapesos y se reprime la disidencia.

¿Cómo defender la democracia en tiempos de autoritarismo popular? No basta con denunciar los excesos. Es imprescindible construir defensas activas y creativas frente a la desdemocratización. Algunas ideas concretas:

1. Fortalecer la sociedad civil organizada: asociaciones ciudadanas, colectivos
feministas, ambientalistas, observatorios electorales y agrupaciones locales deben tejer
redes de resistencia democrática. Estos actores muchas veces suplen lo que el Estado no
garantiza.
2. Proteger a la prensa independiente: sin medios críticos, la democracia se apaga. Es
necesario apoyar económicamente al periodismo de investigación, garantizar seguridad a
periodistas (especialmente en regiones violentas), y exigir transparencia institucional.
3. Defender las instituciones autónomas: órganos como el INE, la SCJN o los
organismos de transparencia no son tecnocracias lejanas, sino barreras esenciales frente al
abuso de poder. Su defensa debe salir del círculo de expertos y llegar al ciudadano común.
4. Educar para la democracia desde abajo: la educación cívica debe ser prioritaria.
Formar generaciones capaces de deliberar, disentir y resistir el autoritarismo no es opcional.
5. Construir alternativas políticas creíbles: el vacío que llena el populismo se combate
con proyectos políticos éticos, cercanos a la ciudadanía y con vocación de futuro. No se
trata solo de “ganar elecciones”, sino de representar con dignidad.

En México, el riesgo no es menor. Con un poder presidencial hiperconcentrado, fuerzas armadas involucradas en casi todas las áreas del gobierno, y un discurso que divide al país en “buenos” y “traidores”, la democracia se encuentra en una cornisa peligrosa. A ello se suma la reforma judicial, el debilitamiento de los derechos humanos y la desaparición de órganos autónomos.

¿Y ahora qué?

Ante esta realidad, cabe preguntarse: ¿están las democracias latinoamericanas, y la mexicana en particular, a tiempo de reinventarse? ¿O estamos condenados a un ciclo de liderazgos personalistas, instituciones débiles y ciudadanos frustrados?

La respuesta aún es posible. Pero exige más que indignación: exige organización, educación, vigilancia, participación y, sobre todo, esperanza informada. La democracia no es un regalo ni un estado natural. Es una construcción cotidiana que debe defenderse incluso y sobre todo cuando su desmantelamiento se disfraza de patriotismo popular.

Presidente de la Academia Mexicana de Educación.

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