Senadores y diputados tienen un índice de aprobación menor al 50 por ciento; una evaluación reprobatoria a pesar de que un solo partido domina las mayorías del Congreso y la Presidencia de la República.
En los últimos 15 años el Congreso mexicano integrado por sus cámaras legislativas de Diputados y Senadores se ha situado como uno de los Poderes de la Unión con más desgaste en su imagen pública, es percibido lejano, poco representativo, conflictivo, costoso y alejado de las problemáticas populares.
De acuerdo con las encuestas más recientes el Legislativo es el poder y conjunto de instituciones que menos credibilidad y confianza ciudadana tiene a pesar de que la gente votaría mayoritariamente nuevamente para las próximas elecciones por el oficialismo que hoy domina con mayoría ambas cámaras.
Mucho se pensaba que la percepción y opinión pública negativa del Congreso y de sus integrantes tenía relación con el desgaste y enfrentamiento con el partido político que estuviera gobernando.
Se llegó a plantear que si el Congreso y sus integrantes fueran de mayoría del partido gobernante la trasferencia favorable de valores intangibles (cercanía, cumplimiento, confianza, credibilidad) era inevitable. Es decir, que si el presidente y su partido eran popularmente aceptables y con buena aprobación el legislativo corría con la misma suerte, sin embargo, no es así. Hoy la presidenta cuenta con evaluaciones superiores al 80 por ciento y la institución legislativa y sus bancadas oficialistas en sus peores lugares de los últimos años.
Asimismo, se llegó a suponer que un Poder Legislativo con mayoría mínimas de oposición al presidente de la República pudiera ser percibido como más cercano y confiable a los intereses de sus representados, sin embargo, los índices de evaluación de cada uno de los 500 legisladores de la Cámara Baja y 128 del Senado, en el sexenio anterior quedaron muy por debajo de esas expectativas.
En la próximas entregas un análisis de las posibles causas: Populismo legislativo, protagonismo mediático, turismo parlamentario, carencia de estrategias de comunicación legislativa, etcétera.
