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El techo de cristal y la sororidad que no alcanza

El techo de cristal y la sororidad que no alcanza

Por: Caroline Fuentes Santiago

Como cada año, marzo regresa con las habituales consignas de sororidad. Lo complicado es aceptar que, en muchos ámbitos de poder, esa palabra no siempre se traduce en solidaridad entre mujeres. La realidad, ahí, es más confusa.

Deseamos sororidad porque es la lucha que hemos abanderado. Muchas mujeres redoblan esfuerzos para ser escuchadas y sentirse visibles, para demostrar que son valiosas y capaces. Por ello, esperar ayuda de quienes han sobresalido es fundamental. Sin embargo, cuando la falta de acompañamiento proviene de otra mujer, la decepción sabe distinta y cuesta nombrarla.

El peregrinar de las mujeres en puestos de decisión no siempre está definido por la solidaridad. No toda la violencia que experimentamos nace de los hombres, en algunos casos, la cometen otras mujeres. Se presenta en silencios incómodos, miradas que sentencian, obstáculos innecesarios o frases que desacreditan: “eres muy joven”, “tienes hijos”, “requerimos tiempo completo”.

A veces ocurre en situaciones cotidianas, en reuniones de trabajo donde la aportación es desestimada sin discusión, en un comentario que “no era personal”, en decisiones que se toman sin dar más detalles. Estas acciones se justifican como parte del funcionamiento habitual. Nadie responde, nadie parece ser responsable, pero alguien queda en el anonimato. Normalizamos acciones que, por su naturaleza, resultan difíciles de subrayar.

No se trata de señalar con el dedo, sino de reconocer que el sistema nos ha condicionado a competir entre nosotras para sobrevivir en este entorno, a poner la utilidad en primer lugar y el cuidado al final. Aprendimos a movernos en estructuras que premian la competencia por encima del cuidado, castigan las fallas y otorgan un reconocimiento limitado. En esecontexto, acompañar deja de ser un reflejo y se convierte en un anhelo.

La verdad a veces incomoda, pero nombrarla es inevitable. No negamos la sororidad, la reivindicamos al mismo tiempo que la analizamos para comprender por qué, incluso entre mujeres, el camino puede volverse más hostil.

A veces no son malas intenciones. Muchas de ellas replican dinámicas aprendidas para sobrevivir en espacios donde no se permiten errores. Durante mucho tiempo se nos dijo que avanzar era hacerlo solas y más rápido que las demás. Cuando las oportunidades son nulas, apoyar a otra puede percibirse como un riesgo, de tal manera que la competencia deja de ser una elección y se convierte en un mecanismo de supervivencia.

La competencia puede impulsar el crecimiento. El conflicto surge cuando se convierte en la única opción y desplaza el acompañamiento. Comencemos a poner cada cosa en su lugar, pensemos cómo compartir y acompañar en espacios de poder donde ambas dimensiones puedan coexistir sin excluirse, en lugar de quedarnos en la repetición del discurso.

¿Qué ocurre cuando la sororidad se vuelve lema, pero no realidad?

Caroline Fuentes Santiago es Maestra en Democracia y Buen Gobierno

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