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El día que escribimos lo obvio

 

Por Rafael Pérez Habib

Ayer se conmemoró el Día Internacional de los Derechos Humanos. Más que recordar una fecha, vale la pena revisar su origen y lo que representan. Los Derechos Humanos nacen de algo elemental, reconocer la dignidad humana antes que cualquier diferencia, no hay ciencia detrás, no hay ideología. Solo la certeza de que nadie debería perder su humanidad por decisión de otro.

Explicar qué son es sencillo, son las condiciones mínimas para vivir con dignidad. El derecho a la vida, libertad, integridad, justicia y a la igualdad. Todo lo que cualquier persona debería tener garantizado por existir. Aquí cabe la frase de Nelson Mandela que define la esencia del tema. “Negar a alguien sus derechos es cuestionar su propia humanidad”. No se trata solo de proteger al otro, se trata de proteger la idea misma de humanidad.

El concepto moderno de Derechos Humanos tomó forma el 10 de diciembre de 1948 cuando la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Treinta artículos que intentaron poner límites después del horror. Era la respuesta civilizatoria a la Segunda Guerra Mundial. René Cassin, uno de los redactores del documento, lo resumió con claridad. “Después de la guerra, el mundo tuvo que aprender de nuevo a ser humano”. Esa frase explica por qué fue necesario redactar lo obvio.

La barbarie nos recordó que lo obvio no siempre se respeta.

Los datos duros también hablan. La Declaración Universal es el documento más traducido del mundo con más de quinientos idiomas registrados.

En México, cuatro de cada diez personas no confían en que recibirán justicia si denuncian. El cincuenta y cinco por ciento cree que denunciar no sirve de nada, según el INEGI esa brecha entre el papel y la realidad explica por qué el tema sigue siendo tan incómodo.

Hay un punto adicional. Los Derechos Humanos requieren instituciones fuertes y autónomas, su función es defender la dignidad incluso cuando eso incomoda al poder.

En cualquier país, en cualquier época, cuando la autoridad encargada de proteger derechos depende del gobierno pierde independencia, fuerza y credibilidad. La defensa de la dignidad exige distancia del poder y libertad de acción. Sin autonomía, cualquier institución corre el riesgo de convertirse en espectadora en lugar de defensora.

Los Derechos Humanos surgieron para que nunca más el poder decidiera quién merece vivir en libertad o quién merece oportunidades. Para poner un límite moral universal, para recordar que la dignidad no es negociable. Aquí vuelve Mandela con otra frase que define la responsabilidad individual. “Ser libre no es solo despojarse de las cadenas, sino vivir de un modo que respete y mejore la libertad de los demás”. Eso es exactamente lo que implica hablar de Derechos Humanos. La obligación compartida de no pisar la dignidad ajena.

Ayer se recordó su origen. Hoy conviene pensar en su práctica, no como consigna vacía sino como ejercicio de conciencia. Un país no se mide por lo que publica en redes sino por la dignidad que garantiza a quienes menos tienen, y si algo nos enseñó el siglo veinte es que la humanidad puede perderse rápido cuando la dignidad se ignora.

A veces necesitamos una conmemoración para recordar lo que nunca debió olvidarse.

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