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Opinión: La campaña más larga de la historia

Por: Javier Esquivel. Durante la historia electoral en México se han documentado procesos electorales donde un solo candidato figuró en las boletas electorales (1976) hasta campañas sucesorias adelantadas a mitad de un sexenio. Todo es posible bajo la lógica de la política y la aplicación de las normas en México.

Este periodo sexenal, que termina en menos de doce meses, será recordado por muchas cosas positivas tanto como negativas en materia de procesos y normatividad electoral, pero sin duda la característica más recordable será que las instituciones normativas en la materia fueron permisivas para dar cabida a la campaña electoral presidencial más larga de la historia.

Se subraya y se precisa el peso de estas palabras de señalamiento a los órganos electorales en razón de que no serían los partidos políticos competidores los que moral y éticamente cuidarán y respetarán lo que la letra legal electoral dicta.

Si bien fue desde el Ejecutivo donde se dio el banderazo político oficial sucesorio, las y los aspirantes sin recato alguno capitalizaron la coyuntura y las y los ciudadanos los receptores de sus intenciones.

Desde el Senado y en las secretarías de Estado se construyeron, desde hace más de dos años, los escenarios que hoy los medios de comunicación nacionales e internaciones consignan a diario.  No hubo aspirante de hoy que no tuviera impactos mediáticos asegurados para llegar bien posicionados al momento actual.

No faltó quién de los hoy postuladas y postulados, utilizará la comunicación gubernamental para transformarla en una campaña electoral permanente. La guerra sucia, juego de alianzas, complicidades, cofradías fueron las constantes del juego que aún no comienza de forma constitucional pero que desde meses es más que evidente.

La oposición, aunque tardía en visibilizar aspirantes formales, también jugó al destape previo desde los gobiernos estatales y desde las cúpulas partidistas o empresariales.

El hecho que, desde el ejercicio del poder, los mantuviera a raya y deslegitimará sus posibilidades no las y los excluyó de sus intenciones.

Las declinaciones hasta ahora son manifiestas, pero mujeres y hombres con cargo público o de representación popular tentalearon posibilidades y nunca lo negaron.

Hoy, con la justificación de organizar procesos internos y realizar comités de defensa partidista tanto oficialistas como opositores, con sus figuras políticas, recorren el país sin recato alguno.

Los progobierno renunciaron a sus cargos públicos, pero hasta presentan propuestas en materia de política pública; opositores no dejaron sus puestos, devengan sueldo y prestaciones, aunque no falte quien diga entre ellas y ellos, que son profundamente respetuosos de la Constitución de las leyes electorales.

Piden firmas, colocan espectaculares, se inventan periódicos y revistas de alto proselitismo disfrazados de noticia y periodismo, utilizan inteligencia artificial, pagan granjas de robots en redes sociales.

Sus rostros e imágenes están por doquier y en las portadas de los diarios nacionales; sus nombres inundan reiteradamente renglones en artículos y columnas de opinión.

Encuestas es lo que sobra en estos momentos, la industria de la medición de la opinión pública parece que vive un momento de auge comercial. Un partido elegirá su candidata o candidato presidencial por ese método, los opositores también las contratarán, aunque sus resultados no sean decisorios.

La comunicación de gobierno federal y de las entidades federativas se ha tornado monotemática: Comunicar para sumar o restar votos. Los partidos políticos a pesar de tener en puerta la renovación del Congreso y varias gubernaturas solo hablan de una cosa: ganar la Presidencia.

Hoy en México, hasta en esta columna, se habla de elecciones, de la renovación presidencial. Todas y todos en tendencia sucesoria y con la moda de destapar y elegir, vía aplicaciones, a las mejores corcholatas. Vivimos la elección presidencial mexicana más larga de la historia moderna, a pesar de que el INE, sus nuevas y nuevos consejeros y el Tribunal Electoral Federal sustenten lo contrario o sugieran que para que no se lo parezca, se haga en patios y bodegas, en lo oscurito, cuando en todas las calles, computadoras, pantallas de TV y de dispositivos móviles hay -a todas luces- siempre alguien diciéndonos que quiere ser la o el presidente.

Javier Esquivel @javoesquivel

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