Por Rafael Pérez Habib.
“Un temblor dura segundos. El miedo, unas horas. La conversación pública a veces un día.
La prevención, si acaso, lo que dura la memoria”.
Cada vez que la tierra se mueve ocurre lo mismo, se detiene todo. Miramos al techo al piso al celular buscamos señales, confirmaciones, explicaciones. Durante unos minutos recordamos que el control es una ilusión y que por más certezas que creamos tener, seguimos siendo frágiles.
En México, los sismos no solo sacuden edificios, sacuden historia.
El terremoto de 1985 fue una tragedia y también un parteaguas. Antes de ese año, el país carecía de una estructura real de prevención y respuesta. No existía el Sistema Nacional de Protección Civil, no había protocolos claros ni simulacros ni una cultura mínima del riesgo. El Estado quedó rebasado y el vacío fue evidente.
De esa tragedia nació Protección Civil. No como concesión, sino como obligación.
A partir de entonces aprendimos a evacuar a identificar rutas a escuchar alertas a ensayar simulacros. Se construyó una estructura institucional que no existía. Fue un avance real, pero junto a ese aprendizaje formal surgió algo igual de poderoso y mucho más espontáneo. “La solidaridad”.
En 1985 mientras las autoridades se reorganizaban, la gente ya estaba ahí. Vecinos, estudiantes, trabajadores, jóvenes y adultos salieron sin instrucciones sin reflectores y sin cálculos. Manos desnudas, cadenas humanas, silencio absoluto cuando alguien gritaba hay vida. Ahí se consolidó una identidad que sigue vigente. La del mexicano que no pregunta, ayuda.
Esa respuesta no fue un hecho aislado, se ha repetido en cada tragedia. Cuando todo se cae la gente sale, comparte lo poco que tiene. Se organiza sin manuales no por heroísmo, sino por humanidad.
Morelos lo vivió de forma directa en 2017. El sismo del 19 de septiembre golpeó con fuerza y Jojutla se convirtió en símbolo del dolor nacional. Casas colapsadas, templos dañados, familias desplazadas, y de nuevo ocurrió lo mismo. Vecinos ayudando vecinos. Jóvenes cargando escombros, gente llegando de otros estados solo para sumar manos. Morelos no fue espectador, fue parte central de la tragedia y también del apoyo.
Esa es la parte que honra al país. Pero no todo es ejemplar. En medio del caos siempre aparecen quienes intentan convertir la desgracia en escenario, chalecos usados como propaganda, cascos convertidos en discurso, ayuda condicionada al reflector. Eso es peligroso porque contamina lo único que debería mantenerse limpio. La solidaridad no pertenece a ningún partido ni a ningún gobierno, pertenece a la gente a los vecinos a quienes ayudan sin pedir nada a cambio.
Otros países entendieron la lección completa. En Japón no se presume que no tiembla, se asume que va a temblar, por eso la prevención es permanente. En Chile quedó claro que la diferencia no está en la magnitud sino en el respeto a la ingeniería y a las normas. No es que tiemble menos, es que se preparan más.
Aquí hemos avanzado, Protección Civil existe, los protocolos están ahí. Pero la cultura del riesgo sigue siendo intermitente, se activa con el susto y se apaga con el tiempo.
No se trata de vivir con miedo,se trata de no vivir confiados.
El problema no es que tiemble, el problema es que olvidamos rápido.
Pero la gente cuando hace falta nunca falla.
#QuéCosa!
Rafael Pérez Habib. Abogado, comunicador y sobreviviente de cáncer. Siempre hay algo que decir. Ius Semper Loquitur.
